
Paisaje en el Maresme
Hablar de una canción propia siempre es complicado, más cuando las canciones aparecen sólo cuando el azar está de parte de uno. En este caso más, si cabe, ya que al ser la primera realmente personal, le tengo más cariño.
Anteriormente ya había escrito canciones, pero en la mayoría de los casos eran trajes a medida para grupos propios enfocados a un público muy concreto o para grupos ajenos que directamente hacían un encargo. En este caso la canción es nuestra y la responsabilidad del resultado también. ¿Se puede opinar con cierta neutralidad de creaciones propias? Personalmente y, en el caso que nos ocupa, lo único que siento es orgullo tanto del resultado como del proceso de elaboración que ha dado a luz a esta canción. En cualquier caso, será el público soberano quién decidirá si la hace suya o no.
“Morena de mi misma villa” es una canción sencilla situada dentro de un escenario urbano: la estación de tren de cualquier pueblecito marítimo a 15 minutos de la gran urbe, en hora punta y en día laborable. En los transportes públicos, sobre todo en esas horas en que se empiezan a dibujar las ciudades, cuando aún el cielo tiene legañas, suelen coincidir a menudo las mismas personas a la misma hora y en el mismo recorrido. Se reconocen cada día sin conocerse, con sus quehaceres y obligaciones, con sus virtudes y miserias, muchos de ellos disfrazando a sus sueños de trajes de oficina.
Los lunes, ese pistoletazo de salida para una semana rebosante de rutina, son ya, por definición, provocadores de un estado de ánimo que, cuando menos, limita con el sopor. En los andenes de los trenes de cercanías se ven , de manera más o menos enfocada, personas que parten decididas a sus asuntos con semblante somnoliento y con cara de muy pocos amigos (en algunos casos, de ninguno).
Pero allí, en esos mismos paisajes desdibujados, también existen las miradas furtivas, miradas desviadas entre los periódicos y los bostezos del vagón; o en las cafeterías de los andenes, cuando se busca en las tazas el aroma intenso que dará fuerzas para afrontar el nuevo día y asumir que, de buena mañana y en día lunes, no escribimos nuestro futuro, sino que mordemos anzuelos por el porvenir.
Paisaje multicolor repleto de personajes variados, de ruidos y olor a páginas de periódico, tequieros en teléfonos móviles, secretos compartidos en el traqueteo, sueños detrás de la ventanilla, baño estropeado, retrasos de 20 minutos, rutina del taquillero, guardias con famélicos perros, flechas verdes, cruces rojas, prohibido fumar, vía 1, zumbido intermitente.
Se apoyan frentes en las ventanas para redescubrir un paisaje ya revisitado, a ver si hoy, que amanece más tarde, esa palmera se ve diferente. La mente se fuga y vuela a través través de los cristales y el asiento del tren es sólo ocupado por el cuerpo… Hasta que una voz (la voz) robotizada que sale de la megafonía y nos recuerda “Próxima parada, estación de…”.
Pese a todo se puede soñar y dejar volar la imaginación e incluir en nuestros sueños a las personas que cogen el tren a la misma hora que nosotros. De hecho, en el libro de sonetos que estoy confeccionando y que llevará por título “El Buscador”, introduje uno que habla de un sujeto en primera persona que, al ver el paisaje a través de las ventanillas, se deja llevar hacia el exterior.
“Ventanillas que miran la soledad,
a la arena aterciopelada
y refleja las alas desde vientos
inmóviles de paraguas en bandada”
[…]
Yo, urbanita por definición, que busco la inspiración en la cotidianidad de lo que me rodea, coincidí a la misma hora con la misma persona y en la misma estación durante cierto periodo de tiempo. Era una chica treintañera, una golondrina de ojos de oficina con ciertos rasgos inequívocos que, para mantener el anonimato, no contaré. La cuestión es que, en los días con más fortuna, la coincidencia podía llegar al hecho de que estuviéramos sentados uno enfrente del otro e, inocente de mí, lo encontré muy poético. Algún tiempo después, el azar quiso que nos encontráramos en un lugar alejado de nuestros encuentros mañaneros. Creí entonces que es verdad que la vida a veces nos sonríe. Armándome de valor, con paso quijotesco y un whisky en la mano la abordé y le dije: “Hola, te veo cada mañana en el mismo tren que cojo yo”. A lo que ella contestó: “Pues yo a ti nunca te he visto”. Aunque me resistí, la tierra se me tragó.
No tuve más remedio que pasar al plan B: Escribirle esta canción.
Marco Antonio, barri de El Congrés, Barcelona 2009
[...] Un artículo en su blog y lo que aquí se puede escuchar lo atestigua. [...]